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El máximo sacrificio - jesus | cristo | dios

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En toda la historia, pocos han vivido una vida lo suficientemente digna como para ser llamados "Señor". Jesús fue traído a la Tierra para brindar amor y esperanza, los dos ingredientes clave de la gracia de Dios.

Cuando  Génesis nos habla sobre cómo la raza humana fue condenada después de "la caída", hay razones por las que nos sentimos de la manera en que nos sentimos (rebeldes) y hacemos las cosas que hacemos. Cuando Adán y Eva deshonraron a Dios al tomar el fruto prohibido y comerlo, inmediatamente se separaron de Dios y también toda su descendencia (todos nosotros).

Eso es bastante fácil de decir, pero ¿qué significa? Para obtener esa respuesta tenemos que aprender la naturaleza de Dios. Ver Salmos 99:5 y Juan 3:33. Él es santo y absolutamente digno de confianza. Cuando Adán y Eva eligieron desobedecer a Dios, Él no decidió odiar a los humanos y así condenarnos al infierno. Sin embargo, sí requirió un sacrificio por los pecados para justificarnos en su presencia. Debido a que ese vínculo con Dios se rompió, el pecado entró en el mundo automáticamente y tuvo que ser expiado (a través de sacrificios) para que pudiéramos ser "cubiertos" y llevados a la presencia de Dios.

Cuando Jesús nació, Dios tenía una agenda. Mira, porque Dios es santo y justo, alguien que estaba totalmente libre de pecado y NO descendiente de Adán y Eva (Jesús nació de una virgen, concebido por el Espíritu Santo) tenía que ser entregado como sacrificio final. Dios sabía que nadie podía ser "suficientemente bueno" o hacer obras "suficientemente buenas"; las obras no salvarían a nadie. Los sacrificios de animales solo cubrieron a los individuos por un tiempo. Dios quería proveer un Salvador. Alguien que tomaría el lugar de los descendientes de Adán y Eva para que su pecado fuera cubierto de una vez por todas a través de una persona sin pecado.
 
Jesús fue odiado por muchos desde el principio. Su enseñanza fue considerada blasfema porque no se avergonzaba de realizar milagros y curaciones (con la ayuda de Dios). Luego, cuando se llamó a sí mismo Hijo de Dios, realmente provocó controversia.

Según la Biblia, aquellos a quienes Él predestinó oirían y creerían. Ver Efesios 1:5 y Juan 6:29. Jesús fue el Salvador perfecto. Él era puro y sin mancha. Vivió en constante comunicación con el Padre para que siempre fuera guiado donde Dios necesitaba que estuviera para cumplir su perfecta voluntad.

¡Dios nos amó tanto que proporcionó a su propio Hijo como el último y último sacrificio! Véase Juan 3:16.

Ahora, ¿qué sucedió cuando Jesús murió en la cruz y Dios lo resucitó? Jesús se convirtió en aquel con quien ahora podemos apoyarnos para venir directamente al Padre. Ya no tenemos que trabajar con nuestras fuerzas, sino que solo necesitamos llamar a Jesús para que nos ayude donde necesitamos ayuda. Ya no necesitamos luchar en nuestro propio poder para intentar, y tratar de ser mejores. Jesús nos ayudará siempre que le oremos en nuestra debilidad. Jesús dijo que cualquiera que cree que Él es el Hijo de Dios, declara con tu boca que lo aceptas como su único y personal de Salvador y arrepiéntete de tus pecados (arrepiéntete de verdad) de tus caminos corruptos y mundanos, tendrás vida eterna y será salvo. Véase Levítico 5:5 (sobre la confesión), Lucas 13:5 (sobre el arrepentimiento) y Romanos 10:9 (sobre la salvación).

¿Es realmente tan fácil? ¡Sí! Tendemos a hacer las cosas mucho más difíciles de lo que deberían ser. ¡Jesús nos proporciona el poder (a través de Él) para vencer las tentaciones, la depresión y el pecado! Muchas veces las personas se salvan y se bautizan, luego de un mes o menos, piensan que se han quedado cortos porque pecaron. Automáticamente piensan que se cayeron del "carro de la salvación"... Simplemente no es cierto. Este es un mundo caído. Somos humanos caídos. Vamos a pecar pero no tenemos que sentirnos aprisionados. Jesús nos cambiará él mismo. No tenemos que tratar de hacerlo por nuestra cuenta. Él cambiará nuestras necesidades y deseos por nosotros. ¡Solo ora! Ora a Dios por sabiduría y fortaleza. Confiesa y pide perdón cuando pecas. Ver Salmos 29:11 y 90:12.

Jesús perdonará tus pecados y te volverá a hacer blanco como la nieve. Él perdonará todo tu pasado, sí, todo, sin necesidad de sentir vergüenza. ¡Está bien! Estás perdonado si aceptas lo que ofrece.

Entonces, ¿quieres esta vida cristiana? ¿Quieres saber que tienes esperanza para el futuro? ¿Cansado de vivir como estás y quieres que alguien más tome las riendas?

Aquí están los pasos:
 
1.) Dile a Dios que lo tienes. Entiendes tu necesidad de un Salvador y que ninguna buena obra te salvará y te llevará al Cielo.
 
2.) Acepta a Jesús como el Hijo de Dios como tu único y personal Salvador.
 
3.) Arrepiéntete y confiesa tus pecados y pide que Jesús entre en tu corazón para cambiarte. Él te limpiará y te ayudará a ver el mundo como Él lo haría.
 

El sacrificio perfecto y definitivo de Jesucristo.


Desde los primeros libros de la Biblia, el Señor estableció el sistema de sacrificios como un medio pedagógico para que el ser humano comprendiera la gravedad del pecado y la necesidad de expiación. “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas” (Levítico 17:11). Aquellos sacrificios de animales no eran un fin en sí mismos, sino una sombra, una figura profética de algo mucho mayor que Dios tenía preparado.

Quizás alguien podría preguntarse: ¿por qué animales inocentes? Precisamente allí está la enseñanza divina. El animal no había cometido falta alguna; moría en lugar del pecador. De esta manera, Dios mostraba que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), pero también anunciaba que un sustituto podía ocupar el lugar del culpable.

Sin embargo, aquellos sacrificios eran limitados y temporales. Debían repetirse constantemente, porque “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). Todo ello apuntaba a la venida de Jesucristo, el sacrificio perfecto y definitivo.

Cuando Juan el Bautista vio a Jesús acercarse, proclamó con claridad espiritual: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). En Cristo se cumple todo aquello que los sacrificios antiguos solo anunciaban. Él no conoció pecado, pero voluntariamente tomó nuestro lugar: “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6).

El apóstol Pablo lo expresa con profunda claridad: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Jesús cargó con nuestra culpa, murió en nuestro lugar y abrió el camino para que, por medio de la fe, recibamos el perdón y la reconciliación con Dios.

Por esta razón, los sacrificios de animales cesaron. Cristo ofreció un solo sacrificio, suficiente y eterno: “Que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:27). Hoy confesamos con gratitud que “hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

El Cordero anunciado por los profetas.


La obra redentora de Cristo no fue un acontecimiento improvisado. Dios la anunció con siglos de anticipación, especialmente a través del profeta Isaías, quien, inspirado por el Espíritu Santo, describió con asombrosa precisión la persona y la misión del Mesías.

Su nacimiento y origen.


Isaías profetizó: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14). También afirmó su linaje davídico: “Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino.” (2 Samuel 7:12). “Tu casa y tu reino serán firmes para siempre delante de mí; tu trono será establecido para siempre.”(2 Samuel 7:16). “He aquí que vienen días, dice el SEÑOR, en que levantaré a David renuevo justo; y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra.” (Jeremías 23:5). “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado… lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino.” (Isaías 9:6–7). “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.” (Mateo 1:1). “Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.” (Mateo 1:16). “Jesús… era hijo, según se creía, de José… hijo de Natán, hijo de David.”(Lucas 3:23, 31). “Acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne.” (Romanos 1:3). “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos.” (2 Timoteo 2:8). “Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.”(Apocalipsis 22:16). “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces” (Isaías 11:1).

Su unción y carácter.


Sobre Él reposaría plenamente el Espíritu de Dios: “Y reposará sobre él el Espíritu del SEÑOR, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del SEÑOR” (Isaías 11:2). Su juicio sería justo, no superficial ni humano (Isaías 11:3–4).

Su misión redentora.


Isaías lo presenta como luz para los que viven en tinieblas: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz” (Isaías 9:2). Como Siervo del Señor, traería justicia, libertad y esperanza: “Para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos” (Isaías 42:7).

El Siervo sufriente.


De manera conmovedora, Isaías 53 nos revela el corazón del evangelio: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4). “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5). “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).

Cristo sufrió en silencio, con mansedumbre y humildad: “Como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7). Aunque fue contado entre pecadores, nunca hubo engaño ni pecado en Él (Isaías 53:9). Su sufrimiento no fue en vano, pues “justificará a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11).

Su gloria y victoria.


Finalmente, el profeta declara su exaltación: “Por tanto, yo le daré parte con los grandes… por cuanto derramó su vida hasta la muerte e intercedió por los transgresores” (Isaías 53:12).

Hoy vivimos bajo el nuevo pacto sellado con la sangre de Cristo. Ya no nos acercamos a Dios por medio de sacrificios repetidos, sino confiando plenamente en la obra consumada de Jesús en la cruz. Él es nuestro Emanuel, nuestro Salvador poderoso, el Siervo fiel y el Cordero perfecto.

Que nuestra respuesta sea una fe viva, un corazón agradecido y una vida rendida a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo… acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:19,22).

A Él sea toda la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

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