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El poder de humillarse - jesus | cristo | dios

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La Biblia dice mucho acerca de la humildad. Dios llama a todas las personas a humillarse (Miqueas 6:8; Mateo 23:12; Romanos 12:16; Filipenses 2:34; 1 Pedro 5:6). El profeta Sofonías lo resume bien: Buscad a Jehová, todos los humildes de la tierra, los que hacéis lo que él manda. Buscad la justicia, buscad la humildad (Sofonías 2:3). A los creyentes se les recuerda especialmente: humíllense ante los ojos del Señor, y Él los exaltará (Santiago 4:10). La humildad va de la mano con temer al Señor y hacer lo que Él manda (Proverbios 22:4; 2 Crónicas 7:14).

La envidia y la contienda no son de Dios ( Santiago 4:6 ), y nuestra respuesta debe ser someternos a Él y resistir al diablo (versículo 7). Cuando te sometes a Dios, tu corazón y tus deseos cambian. Vivimos humildemente ante Dios y los demás en lugar de exigir nuestro propio camino y causar conflicto. En última instancia, la solución es humillarnos ante los ojos del Señor.

La humildad es literalmente una "humildad mental". La humildad es pensar menos en nosotros mismos. Es comprendernos a nosotros mismos correctamente a la luz de quién es Dios y quiénes somos nosotros y vivir en consecuencia (Romanos 12:3).). Dios es el Creador y Sustentador del universo. La persona humilde reconoce que todo lo que tiene es un regalo de Dios (1 Crónicas 29:16). Cuando nos humillamos ante los ojos del Señor, nuestro corazón busca continuamente a Dios, incluso cuando pecamos. Confesamos nuestro orgullo y nuestras faltas a Dios y permitimos que Él nos transforme a la semejanza de Cristo. En respuesta, Dios da gracia a los humildes pero resiste o desprecia a los soberbios (Salmo 147:6; Proverbios 3:34; 1 Pedro 5:5; Santiago 4:6).

Humillarse es necesario para la salvación. Proverbios 22:4 nos dice que “la humildad es el temor de Jehová”. Jesús reitera esta necesidad de humildad en las Bienaventuranzas. Él dice que los “pobres en espíritu” heredarán el reino de los cielos (Mateo 5:3). Ser pobre en espíritu es admitir que uno está espiritualmente vacío e incapaz de agradar a Dios aparte del sacrificio de Cristo. Los que se humillan y confían en Él heredarán la vida eterna con Dios. Santiago 4:10 confirma esta promesa: “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará”. La recompensa del humilde es la promoción de Dios (1 Pedro 5:6). La salvación eterna está disponible para aquellos que se humillan ante los ojos del Señor, al igual que una vida llena de esperanza en la tierra.

Humillarnos ante los ojos del Señor requiere una verdadera actitud de corazón de mansedumbre. La persona humilde evita la falsa humildad y no le interesan las apariencias. “Humillaos delante del Señor” no es solo un mandato que afecta nuestra relación con Dios. También afecta nuestras elecciones diarias. En esta vida terrenal, “morimos a nosotros mismos” para poder vivir como nuevas criaturas a la luz de la gracia de Dios (2 Corintios 5:17–18). En lugar de vivir para nosotros mismos, ahora vivimos por fe en Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (Gálatas 2:20). Buscamos obedecer y entender Su Palabra y voluntad por encima de nuestros deseos. Esta humildad también afecta nuestras relaciones con los demás. Filipenses 2:3 nos recuerda que “consideremos a los demás más importantes que a nosotros mismos”. La humildad niega nuestro orgullo, deja de lado la rivalidad personal, excluye la presunción y vela por el bien de los demás. En lugar de elevarnos en el momento, podemos humillarnos ante los ojos del Señor y elegir lo que es mejor para otra persona. De esta manera, representamos bien a Cristo. Los humildes pueden dejar de lado los asuntos intrascendentes y buscar la paz y la santidad en su lugar (Hebreos 12:14).

Podemos humillarnos voluntariamente ante los ojos del Señor, o podemos ser humillados por Dios mismo, un proceso que será más doloroso a la larga; solo pregúntele a Nabucodonosor (Daniel 4; Proverbios 16: 5; Lucas 18 : 14). Dios promete a los humildes riquezas, honra y vida eterna. Los orgullosos recibirán destrucción y castigo. No hay mejor manera de vivir que caminar humildemente con nuestro Dios (Miqueas 6:8). Por lo tanto, “humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:10).

Cuando la Escritura nos habla de humillarnos, no se refiere a denigrarnos ni a perder el valor que Dios mismo nos ha dado. Humillarse, en el sentido bíblico, es “rendir el orgullo”, es reconocer nuestra total dependencia del Señor, es colocarnos voluntariamente bajo Su señorío. La Palabra nos enseña que “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). En otras palabras, humillarse es permitir que Dios gobierne el corazón donde antes reinaba el yo.

Muchos, quizá sin notarlo, hemos permitido que el orgullo y la autosuficiencia se infiltren en nuestra manera de vivir, de hablar y aun de relacionarnos con Dios y con los demás. Pero la Escritura es clara al afirmar que el orgullo no agrada al Señor: “Jehová es excelso, y atiende al humilde; mas al altivo mira de lejos” (Salmo 138:6), y también: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón” (Proverbios 16:5).

La soberbia no es un asunto pequeño; trae consecuencias serias. La Palabra declara que Dios mismo se levanta contra la altivez del hombre: “Esparce el ardor de tu ira; mira a todo soberbio, y abátelo” (Job 40:11). Asimismo, el profeta Isaías nos recuerda que el día del Señor será contra todo orgulloso y altivo, para que solo Él sea exaltado (Isaías 2:11–12). Cuando el ser humano insiste en caminar con arrogancia, inevitablemente se encamina hacia la disciplina divina.

“hoy es tiempo de humillarnos delante de Dios”. No mañana, no cuando las consecuencias ya nos hayan alcanzado. Hoy es el día para rendir el corazón, para confesar nuestra necesidad y para acudir al Señor con un espíritu quebrantado, porque “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17). La humildad es un regalo de gracia, un verdadero salvavidas que nos libra del naufragio espiritual.

La Escritura nos ofrece ejemplos claros. Consideremos la vida del rey Acab (1 Reyes 21:21–29). La Biblia no oculta su maldad: fue un rey idólatra, rebelde y promotor del pecado en Israel. Dios, en Su justicia, envió una palabra severa por medio del profeta Elías, anunciando juicio por causa de su pecado. Acab estaba encaminado a la destrucción; sin embargo, cuando oyó la palabra del Señor, “rasgó sus vestidos, ayunó y se humilló”. Y el Señor, que es rico en misericordia, dijo: “¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí?” (1 Reyes 21:29). Dios aplazó el castigo. La humildad abrió la puerta a la misericordia.

Aquí aprendemos una verdad poderosa: “humillarse delante de Dios es sabiduría”. Acab fue perverso, sí, pero en ese momento actuó con una sabiduría que muchos, aun dentro de la iglesia, rehúsan ejercer. Él oyó la Palabra, creyó la advertencia y respondió con arrepentimiento. ¡Cuántos escuchan hoy exhortaciones bíblicas y no permiten que la Palabra transforme su camino! El Señor nos llama a ser oidores y hacedores de Su Palabra (Santiago 1:22).

Otro ejemplo conmovedor es el del rey Manasés (2 Crónicas 33:9–13). Fue un rey que llevó a Judá a una profunda apostasía, desechó la voz de Dios y persistió en la maldad. Pero cuando fue llevado cautivo y se vio en angustia, “se humilló profundamente delante del Dios de sus padres” y oró. Y la Escritura dice que Dios oyó su oración y lo restauró. Esto nos enseña que “nunca es tarde para humillarse”, nunca es tarde para volver al Señor con un corazón sincero.

Sin embargo, también la Biblia nos advierte del peligro de rechazar ese llamado. Amón, hijo de Manasés, siguió caminos perversos, pero “no se humilló delante de Jehová, como se había humillado Manasés su padre” (2 Crónicas 33:23). Persistió en su orgullo y su final fue trágico. Despreció la gracia que Dios ofrecía.

El mensaje es claro y lleno de esperanza: “no importa cuán torcido haya sido el camino”, si hoy nos humillamos delante de Dios, Él promete oírnos. Su Palabra lo afirma: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14).

Humillémonos voluntariamente, antes de que el orgullo nos lleve a la ruina. En la humildad hay vida, hay restauración y hay gracia abundante. Que el Señor nos conceda un espíritu manso y humilde, semejante al de Cristo, quien “se humilló a sí mismo” por amor a nosotros (Filipenses 2:8).

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